Latín, Lengua Muerta mas viva que nunca

Desde que se escribió el primer texto que conocemos en latín, la Fíbula de Preneste, en el siglo VII antes de Cristo, el latín se desarrolló como cualquier lengua, dejando sus huellas en autores antiguos, que conocemos apenas por fragmentos. Nombres que nos suenan tan lejanos como aquellos años donde debíamos optar por clases de filosofía o sicología, electivas que por cierto en nada aportaron en lo académico, si en lo moral.
En el Renacimiento, el latín fue el modelo sintáctico y de estilo para el desarrollo de las lenguas modernas, y del propio esquema gramatical sobre el cual son descritas. Hasta no hace mucho tiempo, no sólo las misas, sino también las descripciones de la Botánica y la Zoología eran en latín; los nombre científicos lo son hasta hoy.
Y viene siempre la pregunta fatídica: ¿Pero para qué sirve el latín hoy? Suelo contestar que es una pregunta impropia pero, ya que se hace, voy a intentar contestarla. Es preciso admitir que en el siglo XXI, dominado por la electricidad y la velocidad, parece extraño y hasta anacrónico el estudio del latín. ¿Cuál es la utilidad de una lengua muerta, que requiere atención, dedicación y esfuerzo? ¿En qué va a cambiar mi vida o llevarme a ocupar posiciones más elevadas en la sociedad? Todo depende de cómo encaremos el problema. Con el latín, aprenderemos a conocer mejor nuestro idioma, que contiene misterios interesantísimos. El latín nos sirve como trampolín para sumergirnos más profundamente en nuestra visión del mundo, en nuestra manera de pensar, en nuestra vida. Aquel que entiende bien el mensaje que el latín trasmite en sus textos se cuestionará mejor y verá que antes de nuestros valores hubo otros, muy diferentes, pero perfectamente coherentes, que merecen nuestra admiración y respeto.
De "lengua muerta" el latín no tiene nada. Veamos, por ejemplo, expresiones son usadas en Derecho. ¿Quién puede decir que nunca oyó hablar de hábeas corpus? ¿O de que una Cámara legislativa no se reunió por falta de quórum? El latín está en nuestra vida cotidiana cuando enviamos un curriculum vitae, cuando pensamos en una posgraduación lato sensu o cuando ponemos una posdata a una carta. Esta lengua calificada como "muerta" está presente en las tecnologías modernas, como en la fecundación in vitro o en el fax (abreviatura de fac simile, que significa "haga de manera semejante"). Muchas palabras que nos llegan del inglés vienen en realidad del latín, como el horrendo anglicismo deletear, del verbo to delete¸ que a su vez proviene del latín deleo, que significa destruir, como en Delenda est Cartago. El latín está tan entrañado en nuestra lengua que hasta se confunde con ella: ídem es latín, así como grosso modo, per cápita o etcétera y hasta la expresión alias, cuando decimos "Joselo, alias José Luis". Está entrañado en el español en palabras y expresiones como a priori, alter ego, Homo sapiens, lapsus, modus vivendi, statu quo, sui generis, Aedes aegypti.Por tanto, la cuestión no es aprender o no el latín. Él ya convive con nosotros pues es el alma de nuestra lengua. Con el latín, vemos que las irregularidades y las temibles excepciones de las gramáticas no son ni irregularidades ni excepciones. Todo adquiere una lógica más diáfana y previsible. Si sabemos bastante latín habremos ampliado nuestro horizonte lingüístico y esto nos destacará de los demás. Y así queda contestada la pregunta de aquel que quería mejorar su posición social.
Conocer su estructura y su funcionamiento, la productividad de sus raíces, de sus prefijos y sufijos, nos permite deslindar mejor el verdadero significado de las palabras en castellano, su étimo, como decían los griegos. Además, se hace mucho más fácil aprender otras lenguas neolatinas. El inglés, a pesar de no ser una lengua latina, participó de la misma fuerza unificadora. Incluso lenguas distantes, como el alemán y el ruso no son indiferentes al latín.Veamos un ejemplo. En latín, comandante es dux, que dio lugar al español y portugués duque, al italiano duce, al veneciano doge. Ocurre que dux proviene del verbo duco "el que conduce" y esto se refleja en el inglés duke y, por calco semántico, en el alemán Herzog "el que conduce" (radical del verbo herziehen), que también significa duque. Del alemán, el mismo calco fue al húngaro que... ¡ni siquiera es una lengua indoeuropea!¡Es por casos como éste que con frecuencia encontramos entre los mayores estudiosos de la lengua latina personas cuya lengua materna aparentemente no guarda relación directa alguna con el latín, como alemanes y los finlandeses!


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