JuanRojasTabilo

sábado, octubre 21, 2006

Garabatos, tan chilenos, tan del Mundo...


Un día tube la suerte de que llegara a mis manos un libro, me parece que el Autor era el Profesor Campusano, el mismo de la TV, el que sabe de los santos y cuantas cosas tengan que ver con la historia o etimología de nombres y palabras.
En aquel libro decía que sobre la grosería podríamos escribir muchas páginas y desde varios puntos de vista: el idiomático, el sociológico, el práctico, el catártico, etc. En fin, son demasiadas las "razones" que nos hacen ser groseros totales, a medias o un poquito como decimos en Chile.
Tenemos más bien un glosario de "malicias" o pornofonías, nos preocupa la grosería o coprolalia tanto hablada como escrita, es decir aquel sub-lenguaje -mal llamado garabato- que está en boca de muchos chilenos de todas las condiciones socio-culturales y educativas. Si bien es cierto cualquier gesto, acción o palabra puede transformarse en algo grosero, en este texto nos ocupamos preferentemente de las voces indecentes, sean estas capciosas, típicas o ingeniosas. En grado mínimo o máximo todos decimos, en contadas o repetidas ocasiones groserías, incluso nos justificamos si el término está de moda, es utilitario, es común, o ha perdido la capacidad de insulto que tenía generaciones atrás. Al respecto, en el Chile actual, muchas malas palabras han dejado de ser consideradas graves debido al uso cotidiano que hoy se les da; es más, la radio, la televisión, el humor moderno y los medios escritos, entre otros, paulatinamente le han quitado el pudor a las palabras prohibidas hasta el punto que nuestra juventud, por ejemplo, ha perdido la brújula que va del buen al mal decir. Ajeno a lo que se cree, Chile no es un país de pocas palabras, más justo es decir que carecemos de un léxico cualitativo si de idioma se trata. El asunto es que la grosería o el dicterio suelen ser más fáciles y cómodos que un término formal y en muchos casos o situaciones, el ambiente relajado y la confianza imponen lo ordinario en desmedro de la palabra adecuada. Nadie podría prohibir los "garabatos" cuando forman parte, querámoslo o no, de la idiosincrasia idiomática de un país; por lo demás una grosería será siempre considerada como tal dependiendo del contexto: cómo, cuando, donde, ante quién, etc., es decir, si existe confianza se puede, si no, es definitivamente vulgar.