JuanRojasTabilo

lunes, abril 23, 2007

Huevo de Serpiente


Las imágenes que todos hemos podido ver a través de la televisión y otros medios de comunicación mostrando la existencia en Chile de grupos de fanáticos autodenominados “neonazis”, gritando consignas hitlerianas a voz en cuello y mostrando sus banderas e insignias con la cruz gamada, nos han permitido constatar hasta qué punto hay confusión en algunos sectores juveniles de nuestro país. Esto indica que la idea de la democracia, de los derechos ciudadanos, y de los derechos humanos en general, está lejos todavía de ser asumida por todos nuestros compatriotas como una base fundamental de nuestra convivencia. Es cierto que la reivindicación desembozada de ideas tan desprestigiadas da una idea de la ignorancia y el desvarío en el que viven los que todavía se atreven a sostenerlas, pero es importante tener presente también cómo éstos hechos han sido recibidos por nuestra sociedad y, sobretodo, cómo han sido difundidos en los medios.

Puesta la atención en esto último, el balance de ignorancia e irresponsabilidad va mucho más allá de lo que pudiéramos desear y muestra una situación que a la larga puede tener derivaciones explosivas. Primero, porque es preocupante que haya sido únicamente la comunidad judía la que ha expresado claramente su repulsa frente a estos grupos, como si el nacionalsocialismo fuese una amenaza exclusiva para las personas de origen judío y no para la sociedad en general, cuestión que debiera comprometernos a todos los que estamos defendiendo el estado de derecho y los valores de una ciudadanía democrática. Y segundo, porque la imagen inocente y confiable de estos individuos que se ha pretendido mostrar en algunos medios, donde estos grupos aparecen expresando sus barbaridades con todo desparpajo es completamente equivocada y no se hace cargo del verdadero peligro que siempre habrá detrás de estas definiciones; al invitarlos a foros faranduleros en los que normalmente se oponen puntos de vista diferentes sobre diversos problemas sociales o políticos, al abrirles tribuna en revistas y periódicos como si fuera la última tendencia de la moda juvenil, se muestra al nacional socialismo como si este fuera una opción más de pensamiento político entre las muchas que puede ofrecer hoy día muestra sociedad, cuando en realidad se trata de una fuerza que intenta destruir las bases mismas de la política, para reemplazarlas por regímenes autoritarios que buscan legitimar la violencia y la discriminación.


Por eso, es importante recordarles a los chilenos una vez más qué significa realmente el nacional socialismo, cosa que de olvidarse, puede inducir a muchos a tomar caminos sin salida o cuya salida no es otra que el desastre, la arbitrariedad y el crimen. En realidad, si hubiera que definir de un modo preciso qué significa el “nacional socialismo” nos encontraríamos en graves aprietos, pues a diferencia de idearios políticos como el liberalismo, el comunismo o el socialismo, el nazismo no posee referentes ideológicos originales, claros, rigurosos y coherentes. La idea de unir el nacionalismo al socialismo fue formulada a fines de siglo por Adolf Stöcker y Friedrich Naumann en Alemania y tuvo una mínima influencia tanto en grupos derechistas como izquierdistas hasta el fin de la Primera Guerra Mundial, fecha en la que comienza su expansión a partir de la acción de Hitler y sus colaboradores. La idea de “raza”, que parece central en la definición de esta ideología, tiene su origen en los escritos de Gobineau y Chamberlain y fue posteriormente retomada por Spengler y Rosenberg, aunque en cada caso con diferentes incidencias de tipo político. Esta idea, siempre expresada de manera muy imprecisa y en cada caso con muy diferentes connotaciones, mezcla características biológicas y antropológicas con valoraciones éticas, políticas y culturales, sin fundar en ningún argumento sólido de qué manera podrían relacionarse estos aspectos. La prueba de la confusión de estas ideas, que finalmente sellaron el destino de millones de personas, son las interminables discusiones que tuvieron los legisladores alemanes que se ocupaban en redactar las “Leyes de Nürenberg” acerca de a quién debía considerarse “un judío”, cuestión que no llegó a zanjarse nunca de una manera unánime, pero que no por eso dejó de causar la suma más gigantesca de dolor que ha vivido la humanidad en toda su historia. La ausencia de una claridad programática fue también otro de los elementos de los cuales Hitler se aprovechó para tomar medidas políticas oportunistas, muchas veces contradictorias entre sí y justificadas únicamente por ansias de poder o afanes expansionistas. Algunas veces apoderándose de consignas izquierdistas, para posteriormente hacer políticas más bien de ultraderecha, y otras veces, al revés, tomando reivindicaciones conservadoras para justificar políticas reformistas. Si bien, durante su mandato fueron muchos jerarcas nazis los que exigieron mayor claridad, Hitler se mantuvo finalmente en la afirmación de sus propuestas del Programa Nacional Socialista promulgado en Munich en 1920, el cual, debido a su vaguedad, permitía toda suerte de interpretaciones y le dejaba al dictador las manos libres para hacer lo que él mismo finalmente decidiera. A pesar de estas imprecisiones, puede configurarse una mínima coherencia en el nacional socialismo en los siguientes lineamientos:
Una crítica a la democracia parlamentaria y al liberalismo, considerados como la causa de todos los males del siglo. La búsqueda de la instauración de un Estado autoritario con amplios poderes sobre la economía y la política externa, pero también sobre la vida privada de los ciudadanos.
La idea racista, según la cual debe buscarse una identificación entre pueblo, cultura y raza, excluyendo de la sociedad a todos los individuos que se consideren exteriores a ella. Frente a la diversidad característica de las sociedades contemporáneas, el intento de constituir una sociedad que excluya a los ciudadanos que no tengan las características físicas o biológicas definidas como “puras”.
Como corolario de esta funesta idea, el antisemitismo, monstruosidad ideológica que consiste en atribuir a la existencia de los judíos dentro de la sociedad la responsabilidad de todos los males sociales.
Finalmente, la visión geopolítica según la cual todo pueblo tiene derecho a conquistar el “espacio vital” que requiere para desarrollarse, con lo cual cualquier acción de conquista queda justificada. Así quedan abolidas las normas de derecho internacional, estableciéndose la fuerza como única modalidad de relación entre los pueblos. De aquí viene la legitimación de la guerra como forma adecuada de llevar a cabo esta conquista.


Esta nebulosa ideológica, hecha más de prejuicios que de verdaderas ideas, se presenta sin embargo a la luz pública como un fenómeno sociopolítico con una clara imagen mediática: brazaletes con la cruz gamada, ademanes de celebración con consignas hitlerianas, vestimentas militares, acciones de violencia en contra de minorías demonizadas, actitudes agresivas, cantos, juramentos, ordenamientos de milicia, etc. En los nazis criollos la vocación a la confusión no puede ser más flagrante: jóvenes morenos, de rostros claramente mestizos, que en la Alemania de Hitler por su apariencia habrían sido directos candidatos a engrosar las filas de los destinados al crematorio, aquí, sin embargo, aparecen cantando “Ich hatte ein Kamarad” en un ambiente de suburbio santiaguino y levantando el brazo con el ceño fruncido para saludar con devoción su admirada bandera.

El nazismo, más que como un auténtico posicionamiento político aparece entonces como una reacción irracional y casi necia frente a determinados problemas que no llegan a perfilarse en un análisis claro y que conducen a los individuos que los viven a reacciones de piel, no elaboradas intelectualmente. Las situaciones que favorecen el surgimiento de estas reacciones y las características de estas últimas son ya conocidas:

en primer lugar, un sentimiento de crisis social y moral frente a la cual las soluciones tradicionales aparecen invalidadas.
en segundo lugar, la necesidad de configuración de grupos que en cierto modo reproducen la forma de organización militar, en los cuales el individuo se inclina ante el poder superior de un líder al que se le reconocen derechos superiores a los del resto del grupo. Se puede hablar aquí de una vocación de esclavitud y de renuncia a la independencia personal en aras de la consecución del “objetivo supremo”, justificado en forma absoluta por la indignación que causa la situación de crisis, la impotencia de las autoridades legítimas frente a ella o la supuesta debilidad de su repuesta.
en tercer lugar, la sensación de que la situación de crisis que desencadena la acción recae en los componentes del grupo, transformándolos en víctimas. Tal situación justifica la respuesta de éstos por cualquier medio, y los pone en un terreno ubicado “más allá del bien y del mal”, legitimando toda forma de violencia con tal de reparar la afrenta causada.
en cuarto lugar, la sensación de que los problemas que aquejan a la sociedad se deben a una influencia negativa que viene del extranjero o a minorías a las que se les atribuye una responsabilidad en ellos.
consecuentemente con ello y en quinto lugar, la peregrina idea de que todo se resuelve en la medida en que la sociedad alcance una integridad más sólida sobre la base del reconocimiento de su identidad racial. Qué relación puede tener una comunidad de carácter biológico con los problemas sociales y políticos, eso no se explica.
la exigencia de autoridad, tanto a nivel de la organización del grupo, como a nivel más general de la sociedad. Una autoridad fuerte es lo que asegura el éxito en las finalidades que se busque conseguir. Esto viene a traducirse en la búsqueda de un caudillo, que mande dictatorialmente y al cual el conjunto de los ciudadanos debe obedecer sin vacilar.
el desprecio del mundo artístico e intelectual y de toda instancia en que se exprese una racionalidad (“Cuando escucho la palabra “cultura”, saco mi pistola”). Enaltecimiento de la voluntad por encima de todas las otras instancias que rigen la conducta humana.
exaltación de la violencia justificada por los “ideales” del grupo. La violencia no sólo es legítima, sino además deseable, en cuanto es a través de ella que se demuestra el grado de sumisión a la voluntad colectiva.
la sensación de pertenecer a un pueblo elegido y con derecho a dominar a otros pueblos sin limitaciones de ningún género de ley divina ni humana, derecho que se justifica exclusivamente por la violencia y el dominio ejercido.

Estas “ideas”, como puede observarse, atentan directamente en contra del régimen democrático y por ello no puede considerarse legítimo que ellas se exhiban en los medios de difusión masiva ubicadas en el mismo plano que otras que se integran a él aunque pretendan modificarlo sin destruirlo. El nazismo busca directamente la destrucción de todo lo que el ser humano ha intentado erigir trabajosamente a través de siglos de historia: en primer lugar el sentimiento mismo de la universalidad de lo humano, la idea consagrada en todas las constituciones democráticas de que todos los hombres nacen libres e iguales y de que los derechos que surgen de esta condición no pueden ser avasallados, la idea de que el espíritu, la razón y la ciencia son las instancias rectoras de la conducta humana porque son ellas las únicas sustentadoras de verdaderos consensos, instancias que deben ser cultivadas y respetadas, la idea de que el desarrollo de los pueblos nace de la comunidad de esfuerzos de todos los ciudadanos y compete a todos ellos sin exclusión, la idea de que la grandeza de una nación reside en el cultivo de sus valores espirituales que hacen a los hombres más libres, pero también más solidarios entre sí, la idea de que la cultura es la finalidad de todos los procesos sociales, pues no existen finalidades trascendentes que puedan compartirse que no sean las que los propios hombres en el respeto mutuo puedan darse.

Que en nuestro país hayan comenzado a surgir estas tendencias es una advertencia hacia todos los responsables de que nuestra democracia salga adelante. La experiencia histórica demuestra que estos grupos surgen cuando las democracias comienzan a debilitarse, cuando las instituciones que se dice que funcionan, en realidad no funcionan, cuando en la sociedad existen sectores que comienzan a sentirse ajenos al proceso, cuando las deficiencias educacionales le dan paso a la legitimación de la barbarie, cuando la ignorancia y la estupidez se pavonean con desparpajo frente a la serenidad y la sabiduría, cuando los lazos de solidaridad ciudadana se relajan y cuando la liviandad y el contingentontismo de los medios comienza a perder la ruta y a no saber distinguir entre lo grave y lo superficial, lo verdadero y lo falso, lo nimio y lo peligroso. La serpiente cuando está en el huevo parece un bichito insignificante y hasta simpático. Cuando silenciosamente sale del huevo y comienza a hacer lo suyo, el proceso no para hasta que la destrucción es total. Pregúntenselo a los alemanes.

Eduardo Carrasco Pinard

jueves, abril 05, 2007



La Muerte Incierta


¿Se murió Pinochet? Todo pareciera indicar que así ha ocurrido en efecto, aunque los más agudos saben que hay muchas razones para dudarlo. Cuando uno le hablaba a Roberto Matta de lo necesario que era derrotar a Pinochet para que Chile se abriera camino hacia la democracia, miraba con cierto escepticismo y respondía que el Pinochet más peligroso no era el hombre de carne y hueso que entonces seguía gobernando el país, sino los múltiples Pinochets que cada uno de los chilenos tenían dentro de su cabeza. El Pinochet que acaba de fallecer, viejo y cansado, con apenas algunas fuerzas para mantenerse en pie, con el cuerpo y la mente corroída por enfermedades múltiples, era un mero símbolo, una ya evanescente imagen del autoritarismo, del machismo, de la hipocresía, de la ignorancia y la incultura orgullosa de sí misma, del falso pavoneo de “huaso” ladino que se cree hábil porque en el reducido reducto donde tiene poder le celebran sus chistes macabros o sus salidas matonescas, de la impiedad y la indiferencia disfrazadas de dureza y decisión de héroe militar, de la barbarie justificada con grandes palabras huecas, de la estrechez de mente que impide tener ideas propias o ser capaz de criticar las ajenas sin darle de bofetadas al interlocutor, todas cosas que él personificó con tanto rigor durante su vida. Todas estas lacras y muchas más son las que se presume han sido incineradas en este funeral en el que efectivamente pareciera haber desaparecido la figura física del general, pero de ninguna manera ellas mismas.

Es el propio funeral, la hipocresía en las decisiones que hay detrás, algunas declaraciones emitidas, los discursos, ciertas medidas gubernamentales, las opiniones de los deudos, los hechos ocurridos de un lado y de otro de la barricada, los comentarios periodísticos, etc., los que demuestran que Pinochet sigue vivo y tardará mucho todavía en desaparecer de las cabezas de los chilenos. Y es que el hombre mismo que se dice que ha muerto es un típico producto nacional, un “fruto del país”, que en nuestras tierras se produce en serie y desde hace mucho tiempo, y no se ve todavía la manera de impedir su propagación. Todo favorece su aparición, los déficits culturales, que alejan a la población de los valores humanistas y la empujan hacia el faranduleo y la superficialidad, nuestra pésima educación que busca la adaptación de los educandos al sistema de mercado, olvidándose de enseñarles a ser mejores seres humanos, los malos ejemplos que por todos lados dan las instituciones, que se dice que funcionan, pero que en realidad, si es que funcionan, lo hacen muchas veces en direcciones opuestas a las que figuran en sus declaraciones de misiones, los políticos que pasan buena parte de su vida pública disputándose por nimiedades partidistas, sin ser capaces de elevarse hacia el debate de las grandes cuestiones nacionales, la justicia manipulada hasta el cansancio ante la vista y paciencia de todos nosotros, los militares, con su discurso ambiguo frente a cuestiones de primera importancia, salvaguardando falsamente el honor que dicen que les importa tanto. Es decir, si un observador externo visitara nuestro país, de seguro que la opinión que se llevaría sería la de un territorio abandonado por la coherencia: pocos dicen lo que piensan y, peor todavía, muy pocos hacen lo que dicen que hacen o piensan verdaderamente lo que expresan como su pensamiento. La incoherencia, como un rapaz que diezma todas nuestras esperanzas de un Chile mejor, anida en las palabras, en las acciones y hasta en los gestos.

En medio de esta confusión, no es raro que por todas partes surjan fenómenos anómalos, que van, desde los escándalos protagonizados por los políticos, hasta los apedreos y barricadas de los encapuchados, pasando por infinidad de hechos de diferente carácter que cotidianamente leemos en los diarios u observamos atónitos en las pantallas de la televisión. El pinochetismo sin Pinochet parece campear en nuestros “campos de flores bordados”. Pinochetismo, por ejemplo, es la acción de Luz Guajardo tirándole agua al General Izurieta en el momento en que este visitaba a Pinochet en el hospital, o después, embistiendo a palos en contra de un departamento piloto porque unos trabajadores del lugar se habían manifestado contrarios a su ídolo; pinochetismo es la locura desatada en contra de los periodistas durante el velamiento del fallecido General y la acción del fanático que a empellones las emprende en contra de una periodista española, le arrebata el micrófono y, a través de él, lanza su preclaro mensaje a la Madre Patria: “¡españoles conchas de su madre!”. Pinochetismo es la histeria de esos personajes intentando cortar los cables de la televisión durante la ceremonia fúnebre. Pero también es pinochetismo la quema de libros llevada a cabo por un grupo de encapuchados en la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile hace algunos días, y también son pinochetismo los desmanes causados por jóvenes descarriados en sus propias poblaciones las noches del domingo y del lunes recién pasados. Pinochetismo más sutil es el homenaje rendido al General muerto en la propia institución que él clausuró a su llegada al poder. Pinochetismo algo más burdo es el discurso del Capitán de Ejército en servicio activo Augusto Pinochet, que por buenas razones lleva el nombre de su abuelo. Pinochetismo es el escándalo que provocan en partidarios y detractores las palabras de Belisario Velasco, ¿O acaso no es pinochetismo censurar la expresión de lo que sinceramente se piensa? ¿Y no será pinochetismo la “realpolitik”, que alivia con ligereza la carga de los principios, a la que nos hemos venido acostumbrando desde los primeros tiempos de la Concertación por parte de un lado y otro de las tiendas políticas? ¿Y acaso la doblez de lenguaje que encubre las verdaderas situaciones con un manto de eufemismos no es pinochetismo?

Es decir, pinochetismo es condenar la violencia del adversario y justificar la violencia propia, pinochetismo es no darse cuenta que el mundo es inmenso y que los valores e idearios que en un momento pueden tener cabida en un país remoto como el nuestro, ya han sido descartados y abandonados en otras regiones más civilizadas, pinochetismo es pensar que se puede lograr algo con valor permanente a punta de voluntarismo y brutalidad, pinochetismo es pensar que constituye un triunfo acabar con el otro, negar su opción a golpes, en un mundo en realidad lleno de enigmas y en el que toda existencia humana es una apuesta marcada por la incertidumbre, pinochetismo es prohibirse el error, es la soberbia, la tozudez, la incapacidad de perdonar y también de pedir perdón. Son esas las lacras que todavía arrastramos con nosotros y que no se necesita ser un Nostradamus para predecir que todavía nos traerán mucho dolor y muchos sacrificios inútiles.

¿Se murió Pinochet? Claro que se murió, pero como se dijo en los discursos durante su funeral, su legado sigue vivo: el fanatismo, la intolerancia, la insensibilidad frente a los demás si los demás no son “como uno”, la idea chovinista de la patria, la voluntad de distorsionarlo todo con tal de salvar la cara, el pensamiento de que la honestidad es sinónimo de estupidez y de que el fin justifica los medios, todo eso que nos trajo el Dictador y que un periodista extranjero sintetizaba con la frase: ¨El General trajo a Chile la Inquisición española”, todo eso, digo, está lejos de haber muerto en Chile. Sigue esperando su oportunidad para volver a despertar bajo otros nombres, otras ideas, otras circunstancias. E insisto, no es cosa de izquierdas o de derechas, ni de gobierno o de oposición, porque el fantasma ronda en las cabezas de todos los sectores. Que el General se haya ido, hará llorar a algunos - menos de los que él mismo pensó que lo llorarían (y si ya son pocos, imagínense cuantos irán a quedar en algunas decenas de años más) - y hará festejar a otros. Pero ni unos ni otros son lúcidos. El juicio de Chile se acercará cada día más al juicio que ya ha hecho el mundo: no están ni estarán los tiempos para aventuras como las que vivió nuestro pobre pueblo bajo la bota del General. Pero en muchas de las cabezas de los que hoy día festejan, Pinochet sigue vivo y muy vivo, y será tarea de muchas generaciones de chilenos acabar de una buena vez con él.
E.C.P.